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La piedra –más bien montaña- Carnais se hallaba al fondo del paisaje.
Rico tenía que, como siempre a aquella hora en la que el sol se perfilaba en las curvas de piedra de la montaña con cuerpo de mujer, recoger los carretes del fotógrafo y pasar por la tienda de revelados para coger las fotos del día anterior y dejar los carretes ara recogerlos al día siguiente. No se preocupó demasiado nunca en aprender a manejar la gran máquina fotográfica de su tutor, y tampoco en como funcionaba el laboratorio del socio de este, pero hacía lo que le encargaban sin rechistar y eso lo convertía en un buen sirviente.
Corrían los años 40 de aquella era en Nara, país de flores y montañas, poblado por gentes campestres y ricos nobles y generosos (en parte; nunca se dejaba de ser noble y rico ¿verdad?); las épocas estivales habían atraído a gente adinerada de muchos lugares del mundo, dispuestos a contemplar la gran montaña y a posar para una foto al lado del paisaje. Sin duda, buena época para el tutor y el chiquillo, que últimamente disfrutaban de mejores comidas y ropas nuevas, cosas difíciles de conseguir en las épocas de menos fluencia turística.
Rico quería, sin embargo, abandonar aquel lugar de paraíso, arrancado de las santas manos de Dios para ver mundo, conocer a las gentes de pieles oscuras, aquellos bosques de palmeras en las que incluso a pleno día la oscuridad era absoluta. Quería conocer el sabor de las olas del mar, conocer aquellas grandes ciudades de las que tanto le habían hablado y las jóvenes doncellas –y guapas doncellas- que decían que abundaban en occidente.
Pero no era posible. A pesar de sus deseos, él era tan sólo un niño, que vivía con un pobre artista de la fotografía, vendiendo su arte por unas míseras monedas a quienes evidentemente, podían pagar mucho más por ellas. Cada fotografía le costaba mucho más esfuerzo sacrificio –y dinero, para que mentir- que el que cobraba por ellas. Y eso dolía a Rico porque, a pesar de no querer aprender el oficio, sabía cuando algo era justo y cuando no, y quería bien a su tutor que jamás lo había malcriado ni maltratado, sino que lo había cuidado según estaba en su poder y lo había enseñado a leer (escribir, según Rico, era otra cosa ya que apenas podían permitirse un lapicero y un papel para que él aprendiera) con los cuentos de Caprian y leyendas de Carnais, sus obras favoritas.
Desde crío siempre se había sentido atraído por todo lo que tenía que ver con las leyendas. Una de sus rutas favoritas era la que pasaba más cerca de la Carnais (ninguna ruta legaba a adentrarse por las supersticiones del pueblo) y deseaba algún día poder penetrar en aquella angosta montaña y descubrir si, ciertamente, aquella roca ocultaba a la mujer representada en su falda.
Tiempo atrás, cuando siquiera el pueblo de Rico existía, se dice que en las montañas vivía un pueblo antecesor, que se había ocultado en las montañas en la anterior guerra. No había ningún texto o manuscrito oficial que así lo confirmara, pero se decía –y muchas veces los pueblos tienen más razón que los sabios- que allí seguían, que continuaban con su vida generaciones después, habiendo encontrado una forma de sobrevivir a la vejez, de perpetuar la juventud a cambio de su evidente encierro. Ya que, ¿de que servía seguir encerrados en una montaña angosta teniendo toda una eternidad para explorar el mundo? pensaba Rico. No tenía ningún sentido, y por eso él quería ir a preguntarlo en persona.
La mujer extraña de Carnais era la señal divina de que allí, entre tantas otras mujeres, estaba la doncella –guapa, por supuesto- que el jovencito buscaba.
Quien quisiera decirle al pobre chaval lo equivocado que estaba… Sin embargo, cada uno debe aprender de sus errores por si mismo, y eso bien lo aprendió enseguida.
Una noche oscura, de esas en las que el frío debido a la ausencia de la luna te quita todo calor del cuerpo, Rico decidió abandonar la cálida habitación de su tutor el fotógrafo e ir en busca de aquel pueblo inmortal perdido.
Caminó envuelto en capas, con los pantalones metido dentro de las botas y la firme decisión de llevar a cabo su sueño. No tendría más oportunidades: el viejo tutor había decidido que quería pasar lo que le quedaba de vida lejos de aquel angosto pueblo perdido de la mano del Creador, cumpliendo uno de los deseos de Rico, pero desechando otro con suma rapidez. Así, deseoso de lograr sus dos deseos –y quizás un tercero- avanzó en la noche hasta llegar al final de la ruta de la falda de la Carnais. Se frenó un instante en la oscuridad, tan sólo iluminado por contadas estrellas, para observar la imponente imagen de aquella mujer de piedra y tierra, tan gigante que sólo podía haber sido tallada por el Creador que separó los mares a una petición de su siervo.
Poco más tuvo que pensar para adentrarse de lleno en la oscuridad de una caverna que marcaba el comienzo de su periplo por los interiores de la montaña. Nunca nadie antes que se supiera había llegado hasta allí, y eso era un triunfo en si mismo que Rico pudo saborear con lentitud mientras avanzaba iluminado por los reflejos de la luz de las estrellas en el agua y el hielo que encontró de camino. Salió de la caverna y se percató de la altura a la que se encontraba; reprimió un mareo y continuó por la siguiente caverna. A cada cual era más oscura, y pronto se dio cuenta Rico de que no había señales de personas en aquel lugar. Con desesperanza, continuó, tomando la firme decisión de llegar al final de su aventura para regresar y no decir que no había encontrado nada por no haberlo buscado.
Caminó durante toda la noche, hasta que, cuando el sol ya amenazaba con comenzar a iluminar el camino, llegó al final del camino de las cavernas.
Terminaba en una pequeña cueva, una hendidura en la roca, oscura, en la que no lograba ver ni un fondo ni un final.
Rico, esperanzado por haber encontrado algo que pudiera guiarlo hasta aquellas personas de la leyenda, se adentró corriendo en la gruta.
Al tiempo, otro muchacho del pueblo encontró a Rico, despeñado al final de la ruta de las faldas de la Carnais. Estaba helado, convertido en hielo.
El fotógrafo ya se había marchado y nadie quiso enterrarlo. Como soñador que vivió, su locura estaba enterada por todos, y todos sabían que si el fotógrafo se había encargado de él era por haber sido el amante de su madre mientras esta estaba desposada con otro hombre.
Realmente, el chico congelado, se había parado al final de la ruta y, medio inconsciente, había continuado su ruta tortuosa hasta el pueblo inmortal desde su mente soñadora, muriendo a manos del frío y las rocas que caían. Nadie había hecho nada por él. Nadie podría haber hecho nada por él.
Vergüenza terror y sueños, juntos en un muchacho que realmente según los pueblerinos, estaba loco.
Loco de soñar.